Así estuvo dos semanas. Tirado en el suelo, desprendido de su base. Es triste que la gente no se pregunte porqué un farol caído está así, que no se pregunte cuándo lo han de arreglar. Tal vez sea porque lo rodean otros faroles y no es muy necesaria su luz. Tal vez porque en esa parte de la calle las personas no pasen o quizá porque los que pasan por ahí no quieran ver algo. Nadie se preguntaba que quería el farol, al fin y al cabo era algo que sólo nos podía servir, ¿las personas en qué podrían servirle a él?
Las olas maltrataban el farol caído, parecía que era parte del mar, que era parte de algo. En ese momento no necesitaba tener luz, no necesitaba servir a nadie. Las olas no necesitaban al farol, ni él a ellas, así que estaban juntos sin saber por qué y no se preocupaban por eso, ni se lo preguntaban. Sólo estaban ahí.
Una tarde unos turistas se sentaron muy cerca de él a ver el atardecer. Lo movieron un poco para poder sentarse en la arena sin que les estorbara. Se preguntaron porqué había un farol caído, pero la conversación no duró más de un minuto. Se callaron y contemplaron el atardecer, al final el farol caído no volvió a ser recordado por ellos, ni siquiera lo pusieron de nuevo cerca de las olas del mar.
Ahora el farol estaba en la arena, no ganaba nada al intentar acercarse al mar, se tendría que conformar con admirarlo. No se había percatado que, en tantos años que tenía dando luz, existía el mar, estaba tan absorto en cumplir su objetivo que nunca le había puesto atención. Pero ahora estaba encantado admirándolo. Cuándo cayó la noche se dio cuenta de lo necesario que era lo que él hacía, aunque podía ser sustituido por cualquier otro farol, le pareció que era un honor poder iluminar el mar para que otros lo contemplaran, aún cuando él no pudiera observarlo mientras iluminaba.
Pasaron varios días, y una mañana un partido de futbol en la arena, organizado por unos niños, hizo que lo utilizaran de poste derecho de una portería, bastante retirado estaba nuevamente de algo parecido a su función principal. Cuando lo elevaron pudo ver el horizonte y lo inmenso que era el mar, y se imaginó cuántas posibilidades había aparte de ser solamente un farol, de ser sólo lo que otros necesitaran.
Los niños lo dejaron ahí, igual que como todas las personas. El viento lo tumbó y se reencontró con las olas del mar.
Así estuvo dos semanas. Tirado en el suelo, desprendido de su base; hasta que dos hombres con uniforme de rayas lo levantaron y lo pusieron en la caja de una camioneta vieja, mas por obligación que por gusto. No hubo despedida, ni llantos, ni quejas. Así de impredecible como fue la llegada, así de impredecible fue la partida.
Impresionante, triste y desalentador, resulta en ocasiones no valorar con intensidad y agradecimiento todo aquello que por estar ahí, haciendo su quehacer cotidiano, dando lo que en esencia es, compartiendo su vida, se convierta en costumbre, en lo mismo de siempre, sin apreciar su existencia. Haberse pasado el tiempo para los demás y más aún, después de no estar, la fría indiferencia y el olvido sea lo único que se recoja en el camino de la vida.
ResponderEliminarA pesar de todo tal situación permite mirar que no todo fue en vano, contemplar lo inadvertido le dio la oportunidad de cerciorarse de su privilegiada función, ¡valió la pena!
¡Cada instante de nuestra vida es un pequeño y gran milagro, que no se repetirá y nadie podrá sustituir!
Pareciera que las cosas no son como deberían ser pero ¿quién es capaz de marcar el destino de alguien o algo diciéndole cómo deberían ser las cosas? ¿Quién el que limita su participación en una sola vida?
ResponderEliminar¿Impresionante? Sí, pero las cosas vistas desde afuera son más fáciles de remediar que dentro. ¿Triste? tal vez, aun cuando la vida se trate de experiencias buenas o malas la perspectiva de quien lo ve, tirado o alzado, es lo que vale. ¿Desalentador? No lo creo, "cada instante de nuestra vida es un pequeño y gran milagro, que no se repetirá y nadie podrá sustituir"...