martes, 20 de abril de 2010

El final

Sonó el despertador e interrumpió mi sueño. Nunca había podido completar alguno. Que fastidio sólo poder imaginarme los finales de mis sueños, aún sin que sonara el despertador nunca los podía terminar. Siempre me he preguntado qué hay al final de ellos, si habrá algún resplandor, si algo bueno o malo me espera al llegar. Lo cierto es que todos mis sueños tenían que ver con volar, ya sea en avión, cayendo de un árbol gigante, siendo pájaro, yendo a la luna, etcétera, pero nunca en la vida mi sueño se completaba; no sabia si chocaba, dolía, reía, lloraba, o qué encontraba; no sabía nada de nada. Tomé mis cuadernos y me dirigí a la escuela imaginando el final de mi sueño. Al pasar por el patio, un balonazo en la espalda me despertó de mi ensueño, un montón de carcajadas sonaron en el jardín y yo solamente bajé la cabeza y seguí mi camino. Al llegar al salón donde tomaba clases de cálculo avanzado, el profesor estaba cerrando la puerta, no me percaté de eso y, cuando vi que la puerta se cerraba, la empujé para poder entrar y le di un golpe a él, hice que el café que traía en la mano se le cayera y quedara desparramado en el piso. Me disculpé y decidí no entrar a esa clase, no soporté la burla de los compañeros de esa clase y pensé en ir a la biblioteca a leer algo o conectarme a Internet. Cuando iba bajando las escaleras observé que una chica subía deprisa por el mismo lado que yo. Cuando la vi me imaginé todo lo que no me había imaginado con alguna mujer, parecía que había soñado con ella y estaba inventando los finales que nunca llegan. Estaba tan distraído que cuando reaccioné ella estaba a pocos centímetros de mí, y como no me había visto, chocamos. Los libros que cargaba salieron volando ya que los soltó para asirse del pasamano, además de soltar un grito que me aturdió bastante. Bajé, recogí el nuevo desorden algo avergonzado, sabía que ella me miraba mientras hacía esto y pensé que estaría molesta conmigo por ser tan descuidado, pero los dos estábamos igual de apenados por tal distracción, que ni siquiera nos miramos directamente cuando nos disculpamos. Cuando le di los libros que recogí pude alzar la mirada y preguntarle si se había lastimado, me dijo que no y, después de un silencio incómodo, sólo atiné a decirle si podía acompañarla al salón de clases al que iba, dijo que no, que sólo iba a decirle al profesor de cálculo avanzado, que era su padre, que lo esperaba en la entrada mientras terminaba su clase. Me disculpé nuevamente y fui directamente a la entrada, pensé que tal vez podría animarme a platicar con ella y pedirle su número de teléfono o cuando menos saber su nombre, pero no se apareció tras veinte minutos de esperarla, así que volví a mi plan original de ir a la biblioteca. Cuando llegué ahí la vi estudiando en una mesa, y creí que todo lo que había imaginado era tan cursi y patético que me avergoncé conmigo mismo y me senté lo más lejos posible de ella. Tomé un libro que estaba sobre la mesa para comenzar a leer y ni siquiera vi el título, sólo me percaté que tenía un amanecer en la portada. Después de una hora de lectura continua, cuando ya había leído una tercera parte del libro, la chica del accidente interrumpió mi lectura y preguntó si podía sentarse conmigo, dije que si y fingí reanudar mi lectura hasta que ella comenzó a platicar conmigo, nos reímos del accidente y decidimos sentarnos afuera de la biblioteca para continuar nuestra plática, ya que la bibliotecaria se acercó para comentarnos que el reglamento decía que guardáramos silencio dentro de ese espacio para no perturbar a los lectores, que en realidad éramos sólo nosotros, porque no había una sola persona leyendo en las pocas mesas que existían para tal acto, al contrario que en el espacio reservado como sala de computación que estaba repleto. No supe cuanto tiempo estuvimos conversando y nos despedimos cuando su papá llegó por ella, le dijo que estaba listo para irse a casa y se marchó. No me dio su nombre, ni siquiera nos presentamos, mucho menos le pedí su número de teléfono o su cuenta de correo electrónico, pero me dijo que nos veíamos pronto por ahí, ya que ella frecuentaba la universidad porque esperaba a su papá todos los días para irse a su casa. Me pareció raro que nunca me hubiera fijado que ella se aparecía por la escuela de vez en cuando, quizá estar soñando despierto todos los días en busca de finales para mis sueños no me dejó percatarme de muchas cosas que existían realmente.
Me dormí tarde, después de un día diferente y de pensar en lo que me había sucedido, apagué las luces con la misma esperanza que tenía al dormirme de que se concluyeran mis sueños.
Sonó el despertador, cuando lo hizo yo ya estaba despierto, y por primera vez mi sueño había llegado a su fin, o cuando menos a algún punto o alguna respuesta. Esta noche no me soñé viajando al espacio, tampoco me puse alas de cartón y salté de un árbol, no hice nada que tuviera que ver con vuelos. Soñé que caminaba tranquilamente por un campo sembrado con manzanos, y que dentro de ese campo me encontraba con la chica bonita que conocí en la universidad, ella me abrazó, me dio un beso en la mejilla y me tomó de la manó para caminar juntos hacía el horizonte. Quizá el sueño pudiera continuar, pero por el momento no quería dejar ese destino al que había llegado.

sábado, 17 de abril de 2010

Tres momentos

Apartó su mirada de aquel cuerpo.
Se recostó y suspiró.
Fue un suspiro que te obsequia la divinidad. Sin ninguna culpa ni remordimiento.
No hubo plan. Solamente se dejó llevar, con la misma actitud que unos meses atrás tomó al estar en la playa.
Caminó lentamente hacia ese momento, elevó su mirada al cielo y observó con calma, al mismo tiempo sentía que el agua salada tocaba y remojaba sus pies junto con la arena que se disolvía debajo de él a cada paso que daba. Poco a poco el líquido fue subiendo hasta llegar a sus rodillas.
Cambió de rumbo su mirada, esta vez observó hacia atrás, sin nostalgia, sin recuerdos; y el agua que subía lentamente hacia su estomago estaba fría; de vez en cuando alguna corriente traía consigo agua mas tibia y su cuerpo la recibía con desprecio, ya que sabia que duraría poco esta sensación y tendría, lastimosamente, que conformarse después con el agua fría.
Sus ojos esta vez se cerraron, y soñó. Su imaginación recreó lo que sus sentimientos anhelaban, y su boca elaboró una mueca parecida a la de una sonrisa, parecida a la de una queja. Tal vez las dos estuvieran juntas en ese gesto, semejando la conjunción del bien y el mal que sólo se combinan para crear un momento perfecto.
Abrió los ojos ya con el agua sobre su pecho.
Miró hacia delante, vio como aquella pequeña ola fue creciendo. Ese era su destino.
Tenía tres opciones, ya que sabía que esa ola crecería. Podría huir, le quedaba tiempo suficiente para salir rápidamente del agua, sin mirar hacia atrás, solo huir. Encontrando más adelante otras situaciones parecidas, pero ninguna igual a esta. Le quedaría tal vez el recuerdo de su cobardía, pero sería reemplazado fácilmente por otros nuevos problemas o tal vez con otros nuevos recuerdos de cobardía. También podría ir al encuentro del problema, resolverlo más fácil, remediarlo cuando apenas estaba formándose la ola, así tendría tiempo de mirar atrás y fortalecerse con acciones pasadas para que la sensación en su estomago fuera cambiando el sentimiento de desconfianza y evolucionara por el sentimiento de coraje. Habría mas posibilidades de éxito, la planeación que haría en el camino para vencer esa ola le haría incrementar sin duda esas posibilidades.
Escogió la última opción: esperó. Miró hacia atrás para recordar buenos momentos, observó el panorama de las nubes, del viento arrastrando a tres aves.
Sintió el cosquilleo de la arena, saboreó lo salado del agua que se la había metido en la boca, se sumergió dentro del mar y al salir sacudió el rocío que había quedado impregnado en sus cabellos.
Flotó un momento con sus sueños y finalmente se levantó. Sólo dejó que pasara.
Alcanzó a ver la ola que ya había crecido bastante, tanta inmensidad frente a él traía consigo el sentimiento de grandeza, la contempló sólo por unos segundos y se observó en sus labios otra vez esa mueca hecha anteriormente. Un segundo después la ola inmensa golpeó el cuerpo haciendo que dos seres tan diferentes fueran uno por unos instantes, la vida y la muerte contemplaban la fusión entre esos dos entes tranquilamente, hicieron una tregua por un momento de gloria y se tomaban de la mano sólo para observar ese momento sublime. El revuelco causó la sacudida de sus entrañas y él no luchó, el aliento se le acababa y él no luchó. Solamente experimentó todos los sentimientos en su esencia pura, sin ninguna explicación, sin ningún ¿Por qué?, sin ningún pero, sólo sintió; sintió miedo, valentía, coraje, cobardía, alivio, dolor, angustia, calma, esperanza, decepción, tristeza, alegría, todo esto en tan pocos segundos..
Sólo se dejó llevar; no pensó, no luchó. Sólo sintió.
Se paro y tosió. Se sacudió la arena impregnada en su cuerpo.
Apartó su mirada de aquel mar.
Se recostó y suspiró.

miércoles, 14 de abril de 2010

El regalo

Parado en la playa pensaba qué le llevaría de regalo como un recuerdo de mi estancia en este lugar. Observaba detenidamente las olas que chocaban con las piedras y pensé en llevarle un libro, o algo semejante que contara algún cuento relacionado con esta playa o con las vacaciones que pasé aquí. Sabía que un libro era algo que podría comprarle en cualquier otro lugar, pero por el momento no se me había ocurrido llevarle otra cosa, no me gusta regalar cosas como llaveros o camisas, ceniceros o portapapeles, eso es para las personas comunes. Llegué a la única librería que existía ahí, y al entrar noté que no había ninguna persona atendiendo. Busqué en las dos divisiones que tenía la librería y no encontré a nadie, ni siquiera a un comprador. Me imaginé que por algún motivo importante tendrían que haber dejado momentáneamente la librería sola, así que me dispuse a buscar algún libro que se viera interesante. Me llevé una desilusión al ver que todos los libros estaban escritos en inglés, y la mayoría de ellos eran best-seller que nada tenían que ver con mi regalo esperado, cualquiera de ellos los podría haber comprado en algún Sanborns de otra ciudad. Estaba a punto de retirarme cuando me asusté al escuchar una voz débil que me preguntó -¿Qué tipo de libro busca?- inmediatamente miré hacía el lugar de donde se suponía venía la voz, pero no pude observar a nadie, así que no contesté, seguí tratando de localizar a la persona que se había dirigido a mi, cuando me volví a llevar otro susto porque repitió la misma pregunta, esta vez con más fuerza:
-¿Qué tipo de libro busca?
-¿Tendrá algún libro en español?- dije sin dejar de buscar, pero fue en vano, no lograba ver a nadie.
-Solamente tengo dos, están en el tercer estante, son los dos únicos libros que se encuentran en ese separador.
–Gracias- contesté.
Fui a buscarlos, más con la intriga de saber quién me hablaba que por saber cuáles libros eran. No fue muy difícil encontrarlos, realmente no sé porqué antes no los había visto si llamaban mucho la atención, ya que era el único estante en el que sólo había dos libros, cuando la capacidad normal de cada uno de ellos era de 30 libros aproximadamente. Cuando los tomé, noté que los dos eran idénticos, tenían un amanecer como imagen en la portada y el título “dormir entre las piedras” que estaba escrito en letras rojas muy pequeñas en la orilla derecha de la portada, no pude relacionar el título con el dibujo de la portada, creo que nunca he tenido mucha imaginación.
Estaba pensando que sólo había dos libros en español en toda la librería y, para colmo, eran iguales, cuando me volví a sobresaltar al escuchar que me decían – ¡no son iguales los dos!- y, después de veinte segundos de estupefacción al ver que me habían adivinado el pensamiento, los comparé de todos los ángulos posibles en el que se observaban los libros y comprobé que eran iguales. Hasta hojee las primeras páginas y en los dos eran las mismas. Estaba a punto de reclamar que eran iguales cuando salió una hombre de unos 56 años de edad, con una camisa cuadrada sin planchar, un pantalón de mezclilla que le quedaba demasiado grande y un par de zapatos converse negros desgastados y mugrosos, con barba pero sin bigote, y calvo, totalmente calvo. No supe de dónde salió, pero le dije que el libro lo quería para regalárselo a alguien, y que tenía la costumbre de leer los libros que iba a regalar, así que me comentó que podía leerlos en la recepción, y así poder decidirme entre uno u otro. Pensé en comentarle, nuevamente, que los dos eran idénticos, pero antes de poder hacerlo me miró con una expresión que trataba de decir: ya te dije antes que no son iguales. Me pareció extraña toda la situación, y estuve a punto de salir de ahí e ir por un llavero o alguna otra cosa rara, pero el señor salió de repente con una taza de café y me dijo –comienza con este libro- al decir esto cogió uno de los dos libros y me lo entregó, yo volví a observar el libro con las pequeñas letras rojas en la esquina, cuando alcé la mirada para decirle que era lo mismo leer uno u otro porque eran iguales el viejo ya no estaba.
Comencé a leer el libro que me dio. Al leer una tercera parte del libro paré un poco para darle un trago al café, observé que había unas galletas en la mesa y después continué con mi lectura. La historia era extraordinaria, trataba temas como la casualidad o el destino, cómo utilizarlos o desperdiciarlos, todo esto en una historia común, sin viajes ni tesoros escondidos, ni genios ni frijoles mágicos, y también me di cuenta que el título y la portada estaban perfectamente relacionados. Al finalizar la lectura me di cuenta que sólo le había dado un sorbo al café y que las galletas ya no estaban, además de que el reloj avanzó tres horas desde que comencé a leer el cuento, así que ya comenzaba a oscurecer. Quedé totalmente convencido que este libro sería un regalo perfecto, y estaba a punto de pararme para comprarlo cuando el viejo, que estaba sentado a un lado de mi, me dio el otro libro, y me dijo que lo leyera para comparar cuál de los dos sería el mejor regalo. No quise entrar en una discusión por repetirle que los dos libros eran iguales, así que me dispuse a leer el segundo libro pensando que descubriría nuevas cosas dándole una segunda lectura al mismo cuento. Al llegar a la página 18 me dí cuenta que el libro terminaba ahí, y que las páginas restantes estaban en blanco; estaban numeradas, pero no había ninguna palabra impresa en ellas, y no era si no hasta la penúltima página dónde volvía a haber algo impreso, que eran los autores del libro. Me dirigí a donde estaba el viejo y esperé un momento a que se fuera un cliente que compraba algunos libros y le dije:
-Este libro está defectuoso.
-El defectuoso eres tú- me contestó con una mirada irónica.
-No imprimieron dos tercios del cuento- dije un poco ofuscado.
-¿Ya ves que no son iguales los dos libros? Ahora quiero que seas más perceptivo y observes cuál es la segunda cosa en la que son diferentes.
Convencido de que lo que me había dicho anteriormente era verdad, sólo fruncí el entrecejo y comencé a buscar la segunda diferencia, me di cuenta que los autores del segundo libro eran menos. Fui a la mesita a recoger el primer libro que había leído.
Busqué rápidamente el número de autores, y noté que faltaban los autores proporcionales al número de páginas que estaban en blanco.
-¿Cuál es el cuento que te gustaría regalar?- me dijo el viejo al verme indeciso -es obvio que no puedes regalarle los dos, ¿que caso tendría?
-Pues no sé exactamente que es lo que quisiera la persona a la que deseo regalárselo.
-Tendrás que decidir tú, es tu regalo, esa persona decidirá si le gusta o no el regalo.

jueves, 1 de abril de 2010

¿Eres tú el parpadeo naranja?

Me niego a creer que tu esencia se reduzca a un Arial 12 y tres emoticons,
que 5 palabras enlazadas que formen una frase es lo que quiero.
Un medio de comunicación no eres tú, ¡no voy a creer que eres tú!
Leer lo que “piensas y sientes” no es lo mismo que verte pensar y sentir,
que hacerte sentir y pensar…

No quiero ir corriendo tras un zumbido que me demuestre que estás ahí,
tras un roce de tus dedos en las teclas que me aparezcan en la pantalla,
de un beso en todo el monitor con unos labios rojos, si ni siquiera te pintas los labios.
El contacto de tu piel no lo sustituye ni eso ni nada…

Quiero escuchar tu voz con el timbre del enojo, la ternura, el espanto o la risa,
observar el gesto con el que quieres decir cada una de las palabras,
y mejor aún, demostrarlo sin palabras.

No soy yo el que está encerrado en un recuadro,
ni mis sentimientos se demuestran con el botón enviar…

Cambio mil de horas de chat online por un minuto contigo.