Veinte centavos y una canción era lo único que me quedaba esa noche, todo lo demás se había ido. Ya no existía la muchedumbre insólita que te asfixiaba con sus prejuicios, ni el humo ingenuo de los cigarros que no se fumaban, mucho menos el rimel calumniante de las damas de compañía, quedaba poco; sólo un rimel, sólo un cigarro y sólo yo como muchedumbre.
Horas antes lo primero que vi de ella fue su vestido negro que bailaba con el aire, la figura de ese vestido que se mecía al ritmo bamboleante de los aplausos, al ritmo suicida de esos aplausos. Ella incitaba las fantasías de una noche y la ilusión de una vida, aunque al día siguiente se viviera como si nada pasó, como si nada existió. Pero ahí estaba yo, observando su vestido negro y sus ojos. De repente ella observó los míos, por pocos segundos los vio admirándola a ella, por segundos los vio imaginándola a ella, ilusionándome en ella. Sonrió, como queriendo vender la sonrisa, como queriendo vender los besos que se imaginan con esa sonrisa. Era espectacular, en silencio y sin prejuicios, así lo era. Ella era todas y cada una de las relaciones prudentemente terminadas, era la cara de cada una de ellas y los deseos que cada una de ellas imprudentemente despertaron. Al final del día también era todas y cada una de las decepciones que causaron esas relaciones, pero sin lágrimas.
Ella terminó la magia de la seducción y alguien más suplió su lugar instantáneamente. Aún así no era la misma magia, tampoco el mismo eco sonoro de los aplausos, ni el mismo vestido negro que cortaba el viento y la respiración.
Brindamos por el baile, por el juego, por la vida y por una ilusión y, justo cuando chocabamos nuestras copas, ella apareció. Yo esperaba que sus ojos buscaran los mios, que su magia me volviera a tocar por voluntad propia y sin necesidad de aplausos. Pero no fue así. Alguien tenía que aplaudir para que esos ojos negros miraran, y alguién aplaudió antes que yo. La madrugada llegó, y con ella la ausencia de personas y la falta de perspicacia para continuar. Mis amigos se fueron, mi insomnio también. Comenzó a sonar la última canción y era sólo yo el que quedaba ahí.
Se abrió una puerta y salió el vestido negro junto con los ojos delirantes que se disponian a salir de ahí. Me miraron, no queriéndome vender una sonrisa, ni porque tuvieran un sentimiento hacia mi, creo que era porque sólo era yo el que estaba ahí. Fue una curiosidad que se acabó en unos instantes, y cuando estaban a punto de partir me paré y los detuve. Pronuncié dos palabras, respondió un gesto y comenzamos a bailar. Sonaba esa canción y ahora ese vestido estaba conmigo rozando el aire, creando la magia sin necesidad de aplausos, sin necesidad de palabras enmascaradas.
Bailabamos recordando encuentros nunca dejados atras, como si nuestra historia hubiera regresado en un instante y el lamento se hubiera borrado de esa historia. El vestido desapareció, pero no ella. Mis manos alcanzaban la gloria y sus labios coincidian conmigo, ella y yo dejamos el mundo entero y todo se construyó de una ilusión, de un sentimiento viejo encontrado en algo nuevo, como si se unieran las sorpresas para formar lo que los cuentos de hadas predicen y la realidad destruye. Por un instante realicé lo que mis sueños me dictaban, sólo por un instante.
Las últimas notas de esa canción rondaban en el ambiente y, con ello, el término de mi fantasía. La música cesó, pero nosotros continuamos bailando al ritmo de la imaginación, contándonos sin palabras lo que queriamos que pasara, sin necesidad de saber que habría después. Sus manos tomaron las mías y su mirada se posó en mis ojos, vi que tenía un gesto de esperanza, idealizada por el momento que pasó sin mesura, sin reproches ni malentendidos, y después sonrió. Me sonrió a mi cuando me tomaba de las manos, y el futuro se dejaba ver en esa sonrisa. Se acercó para decirme algo al oído, como contando un secreto que siempre había querido contarle a alguien, sin pensar en la desilución o el fracaso, sin pensar en la mentira y el odio. Pero no pudo pronunciar nada, su voz se entrecortó cuando lo iba a hacer, y una voz de afuera invadió el mundo que habíamos creado y lo desapareció. Todo lo que me quizo decir desapareció, todo aquel sentimiento se olvidó por completo en un instante. Sólo la pude observar alejándose de mi, y no pude menos que pensar en saber que nunca hubo un inicio ni un final, que sólo existió el presente. Observé el vestido negro en el piso, como una ilusion que yo tiré ahí porque yo la cree, como un pedazo de ese día que solamente representa la comedia de mi suerte, la mejor de las suertes. Pasé lo que quedaba de la oscuridad de la madrugada pensando en ella, en su repentino acercamiento y en su salida fugaz. Creí que todo habia acabado tal y como siempre lo hubiera esperado, aunque no como siempre lo hubiera querido, pero no fue así, ella no estuvo antes ni después, porque no hubo recuerdo ni hubo futuro. Se quedó ahí lo que pasó, como muchas otras noches que ella ha pasado. Nadie recogió el vestido negro que esa madrugada quedó ahí, ningún aplauso volvió a encenderlo, era un vestido utilizado y que ya no se puede usar, igual que las sonrisas que se regalan como vendiendo algo.
