domingo, 27 de marzo de 2011

Se esfumó



Veinte centavos y una canción era lo único que me quedaba esa noche, todo lo demás se había ido. Ya no existía la muchedumbre insólita que te asfixiaba con sus prejuicios, ni el humo ingenuo de los cigarros que no se fumaban, mucho menos el rimel calumniante de las damas de compañía, quedaba poco; sólo un rimel, sólo un cigarro y sólo yo como muchedumbre.
Horas antes lo primero que vi de ella fue su vestido negro que bailaba con el aire, la figura de ese vestido que se mecía al ritmo bamboleante de los aplausos, al ritmo suicida de esos aplausos. Ella incitaba las fantasías de una noche y la ilusión de una vida, aunque al día siguiente se viviera como si nada pasó, como si nada existió. Pero ahí estaba yo, observando su vestido negro y sus ojos. De repente ella observó los míos, por pocos segundos los vio admirándola a ella, por segundos los vio imaginándola a ella, ilusionándome en ella. Sonrió, como queriendo vender la sonrisa, como queriendo vender los besos que se imaginan con esa sonrisa. Era espectacular, en silencio y sin prejuicios, así lo era. Ella era todas y cada una de las relaciones prudentemente terminadas, era la cara de cada una de ellas y los deseos que cada una de ellas imprudentemente despertaron. Al final del día también era todas y cada una de las decepciones que causaron esas relaciones, pero sin lágrimas.
Ella terminó la magia de la seducción y alguien más suplió su lugar instantáneamente. Aún así no era la misma magia, tampoco el mismo eco sonoro de los aplausos, ni el mismo vestido negro que cortaba el viento y la respiración.
Brindamos por el baile, por el juego, por la vida y por una ilusión y, justo cuando chocabamos nuestras copas, ella apareció. Yo esperaba que sus ojos buscaran los mios, que su magia me volviera a tocar por voluntad propia y sin necesidad de aplausos. Pero no fue así. Alguien tenía que aplaudir para que esos ojos negros miraran, y alguién aplaudió antes que yo. La madrugada llegó, y con ella la ausencia de personas y la falta de perspicacia para continuar. Mis amigos se fueron, mi insomnio también. Comenzó a sonar la última canción y era sólo yo el que quedaba ahí.
Se abrió una puerta y salió el vestido negro junto con los ojos delirantes que se disponian a salir de ahí. Me miraron, no queriéndome vender una sonrisa, ni porque tuvieran un sentimiento hacia mi, creo que era porque sólo era yo el que estaba ahí. Fue una curiosidad que se acabó en unos instantes, y cuando estaban a punto de partir me paré y los detuve. Pronuncié dos palabras, respondió un gesto y comenzamos a bailar. Sonaba esa canción y ahora ese vestido estaba conmigo rozando el aire, creando la magia sin necesidad de aplausos, sin necesidad de palabras enmascaradas.
Bailabamos recordando encuentros nunca dejados atras, como si nuestra historia hubiera regresado en un instante y el lamento se hubiera borrado de esa historia. El vestido desapareció, pero no ella. Mis manos alcanzaban la gloria y sus labios coincidian conmigo, ella y yo dejamos el mundo entero y todo se construyó de una ilusión, de un sentimiento viejo encontrado en algo nuevo, como si se unieran las sorpresas para formar lo que los cuentos de hadas predicen y la realidad destruye. Por un instante realicé lo que mis sueños me dictaban, sólo por un instante.
Las últimas notas de esa canción rondaban en el ambiente y, con ello, el término de mi fantasía. La música cesó, pero nosotros continuamos bailando al ritmo de la imaginación, contándonos sin palabras lo que queriamos que pasara, sin necesidad de saber que habría después. Sus manos tomaron las mías y su mirada se posó en mis ojos, vi que tenía un gesto de esperanza, idealizada por el momento que pasó sin mesura, sin reproches ni malentendidos, y después sonrió. Me sonrió a mi cuando me tomaba de las manos, y el futuro se dejaba ver en esa sonrisa. Se acercó para decirme algo al oído, como contando un secreto que siempre había querido contarle a alguien, sin pensar en la desilución o el fracaso, sin pensar en la mentira y el odio. Pero no pudo pronunciar nada, su voz se entrecortó cuando lo iba a hacer, y una voz de afuera invadió el mundo que habíamos creado y lo desapareció. Todo lo que me quizo decir desapareció, todo aquel sentimiento se olvidó por completo en un instante. Sólo la pude observar alejándose de mi, y no pude menos que pensar en saber que nunca hubo un inicio ni un final, que sólo existió el presente. Observé el vestido negro en el piso, como una ilusion que yo tiré ahí porque yo la cree, como un pedazo de ese día que solamente representa la comedia de mi suerte, la mejor de las suertes. Pasé lo que quedaba de la oscuridad de la madrugada pensando en ella, en su repentino acercamiento y en su salida fugaz. Creí que todo habia acabado tal y como siempre lo hubiera esperado, aunque no como siempre lo hubiera querido, pero no fue así, ella no estuvo antes ni después, porque no hubo recuerdo ni hubo futuro. Se quedó ahí lo que pasó, como muchas otras noches que ella ha pasado. Nadie recogió el vestido negro que esa madrugada quedó ahí, ningún aplauso volvió a encenderlo, era un vestido utilizado y que ya no se puede usar, igual que las sonrisas que se regalan como vendiendo algo.

sábado, 26 de marzo de 2011

¿Real o imaginario?

Leía. Imaginaba la inmensa adversidad narrada, ansiosamente.

Siempre imaginaba los versos ambiguos de los relatos escritos acoplados a mi realidad, como si mi vida fuera la que se contara, como si cada uno de mis movimientos en el tiempo se escribieran detallamente en un libro. Tantas y tantas historias contadas con miles de millones de palabras, y en cada una de ellas yo era el protagonista, el antagonista, en ocasiones parte de uno y del otro también. Me sumergía intencionalmente en esas historias para huir de la realidad. Sufría cuando deseaba ser el que sufría, reía cuando así lo demandaba, lloraba cuando yo lo quería, moría cuando lo necesitaba, nacía cuando lo decidía. Yo era un dios en ese mundo. Era un alma solitaria, sí, pero un alma que podía crear, otorgar, quitar o modificar a mi antojo.

Una de esas tardes de lectura apareciste tú. Estaba en un parque, sumergido en las letras, sumergido en mis historias, y tu rostro se posó frente a mí. A pesar de que había muchas personas alrededor, por alguna razón levanté la cara y miré directamente a ti. Estabas inmóvil, mirabas al infinito, parecía como si esperaras a alguien y mientras tanto revolvías tus ideas, las reacomodabas y les dabas sentido, pero no era así porque, después de un instante, te perdiste nuevamente entre la multitud y desapareciste. No pude concentrarme en la historia que leía, sólo podía pensar en ti, en tu paso fugaz, repentino, en mi mirada dirigida hacia ti y en tus ojos lejanos. Hermosos ojos lejanos.

Durante mucho tiempo creí que ninguna persona, por más bella que fuera, sería capaz de atraerme por un minuto a la realidad, parecía todo tan vano y vulgar, que prefería sentir y pensar lo menos posible dentro del plano común, palpable e impersonal del mundo en el que vivimos. Pero esa mirada tuya era irremediablemente atrayente, tanto que evocaba parar en un instante el tiempo para contemplarte, para suspender todos los hechos mágicos del momento, las canciones, los enigmas, las pasiones y las tristezas. Parar todo, dejar todo sólo para verte. Sólo para verte. Y así fue. Un instante irrepetible, una epifanía.

Quizás fue un instante el que apareciste, pero un instante como ese es suficiente para que una vida cambie. Y en miles de libros comencé a incluir ese rostro en las historias, y esas historias convertirlas en mías con toda alevosía, a convertirlas en tuyas sin que supieras que así lo eran.

Bailé, reí, canté, soñé, lloré, creí, amé, todo contigo o sin ti y viceversa también. Fuimos tú y yo, éramos nosotros, juntos y separados, separados y desconocidos. Nos vimos como enemigos o amigos, como culpables o inocentes, como cualquier cosa que algún genio escritor pudiera darnos como papel. Tantas veces fuiste una misma historia conmigo que te volviste parte de mi mundo irreal.

No deseaba más. Incluirte en mis libros era mi mayor pasión, el mejor escape de la realidad que nadie podría destruir jamás, porque eran mis sueños y mis cuentos, y ningún ente podía influir ni un poquito en ellos. No había alguien que pudiera quitarme tu persona, tus acciones y tus momentos de ahí. Todo ello era perfecto, y no lo quería cambiar, porque no había ningún motivo interesante por el cual cambiar mi mundo de fantasía, de paseos por el mundo, de aventuras en castillos, de viajes a la luna, por el aire de la realidad, del dolor concreto, del azar desconfiable o de la influencia inmoral de las personas.

Una tarde inesperada, mientras compraba una historia en una librería, tu rostro apareció brillantemente cerca de mí. Escogías un libro. Lo hacías con tanta minuciosidad, que parecía que buscabas una historia diferente a las de siempre, que querías algo cautivante y sorprendente. Me viste. Me sorprendiste viéndote y, al ver las historias que cargaba bajo el brazo, no dudaste en pedirme una recomendación. No supe que historia darte. Me quedé tan estupefacto con el sonido de tu voz, que dijiste gracias al ver mi silencio y diste la vuelta para seguir buscando en otro estante. Tú no me recordabas, ni siquiera estaba seguro de que me hayas visto antes. Pero yo a ti sí. Todas mis historias se borraron de mi mente con tu presencia, todo el infinito imaginario se escapó sin dejar un solo recuerdo de su existencia, y una sensación extraña se apoderó de mí, como si fuera algo nuevo y encantador poder sentir, no soñar. Te sentaste en el área de la cafetería a leer los libros que habías escogido. Un impulso me llevó a ti, me acerqué tímidamente y te di un cuento que me pareció aconsejable para ti. Con las palmas de las manos húmedas por los nervios, te saludé, dije mi nombre y quise saber el tuyo. Habías tenido tantos, supuse que ninguno parecido al tuyo, que el momento en el que lo pronunciaste llegó a identificarte como una persona verdadera, no una ilusión.

Compartimos una taza de café y algunos datos curiosos de nuestras vidas. La emoción de esos momentos fue muchísimo mejor que cualquier fantasía antes idealizada. Quizás no teníamos mucho en común, pero ese aroma que desprendía tu presencia era sólo una de las tantas cosas que envidian los cuentos de ti, una de las miles de cualidades que tu persona tiene y que no pude imaginarme dentro de un cuento ya escrito.

Mejor olvidé nuestros intrigantes cuentos a cambio de una inmensa realidad por descubrir. Vi que mi realidad era mejor, tenía la oportunidad de conocerte y la esperanza de quererte. Sin imaginarlo.

Y la posibilidad de escribir un cuento con cada uno de nuestros movimientos en el tiempo, sin duda era otra historia.