Apartó su mirada de aquel cuerpo.
Se recostó y suspiró.
Fue un suspiro que te obsequia la divinidad. Sin ninguna culpa ni remordimiento.
No hubo plan. Solamente se dejó llevar, con la misma actitud que unos meses atrás tomó al estar en la playa.
Caminó lentamente hacia ese momento, elevó su mirada al cielo y observó con calma, al mismo tiempo sentía que el agua salada tocaba y remojaba sus pies junto con la arena que se disolvía debajo de él a cada paso que daba. Poco a poco el líquido fue subiendo hasta llegar a sus rodillas.
Cambió de rumbo su mirada, esta vez observó hacia atrás, sin nostalgia, sin recuerdos; y el agua que subía lentamente hacia su estomago estaba fría; de vez en cuando alguna corriente traía consigo agua mas tibia y su cuerpo la recibía con desprecio, ya que sabia que duraría poco esta sensación y tendría, lastimosamente, que conformarse después con el agua fría.
Sus ojos esta vez se cerraron, y soñó. Su imaginación recreó lo que sus sentimientos anhelaban, y su boca elaboró una mueca parecida a la de una sonrisa, parecida a la de una queja. Tal vez las dos estuvieran juntas en ese gesto, semejando la conjunción del bien y el mal que sólo se combinan para crear un momento perfecto.
Abrió los ojos ya con el agua sobre su pecho.
Miró hacia delante, vio como aquella pequeña ola fue creciendo. Ese era su destino.
Tenía tres opciones, ya que sabía que esa ola crecería. Podría huir, le quedaba tiempo suficiente para salir rápidamente del agua, sin mirar hacia atrás, solo huir. Encontrando más adelante otras situaciones parecidas, pero ninguna igual a esta. Le quedaría tal vez el recuerdo de su cobardía, pero sería reemplazado fácilmente por otros nuevos problemas o tal vez con otros nuevos recuerdos de cobardía. También podría ir al encuentro del problema, resolverlo más fácil, remediarlo cuando apenas estaba formándose la ola, así tendría tiempo de mirar atrás y fortalecerse con acciones pasadas para que la sensación en su estomago fuera cambiando el sentimiento de desconfianza y evolucionara por el sentimiento de coraje. Habría mas posibilidades de éxito, la planeación que haría en el camino para vencer esa ola le haría incrementar sin duda esas posibilidades.
Escogió la última opción: esperó. Miró hacia atrás para recordar buenos momentos, observó el panorama de las nubes, del viento arrastrando a tres aves.
Sintió el cosquilleo de la arena, saboreó lo salado del agua que se la había metido en la boca, se sumergió dentro del mar y al salir sacudió el rocío que había quedado impregnado en sus cabellos.
Flotó un momento con sus sueños y finalmente se levantó. Sólo dejó que pasara.
Alcanzó a ver la ola que ya había crecido bastante, tanta inmensidad frente a él traía consigo el sentimiento de grandeza, la contempló sólo por unos segundos y se observó en sus labios otra vez esa mueca hecha anteriormente. Un segundo después la ola inmensa golpeó el cuerpo haciendo que dos seres tan diferentes fueran uno por unos instantes, la vida y la muerte contemplaban la fusión entre esos dos entes tranquilamente, hicieron una tregua por un momento de gloria y se tomaban de la mano sólo para observar ese momento sublime. El revuelco causó la sacudida de sus entrañas y él no luchó, el aliento se le acababa y él no luchó. Solamente experimentó todos los sentimientos en su esencia pura, sin ninguna explicación, sin ningún ¿Por qué?, sin ningún pero, sólo sintió; sintió miedo, valentía, coraje, cobardía, alivio, dolor, angustia, calma, esperanza, decepción, tristeza, alegría, todo esto en tan pocos segundos..
Sólo se dejó llevar; no pensó, no luchó. Sólo sintió.
Se paro y tosió. Se sacudió la arena impregnada en su cuerpo.
Apartó su mirada de aquel mar.
Se recostó y suspiró.
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