Era un adiós. No el primero ni el último, pero sí el menos esperado.
Estaba frente a ti, con la boca sangrando de tanto morderme los labios, de tanto callar con fuerza y voluntad lo que no quería decir, lo que no quería que sucediera ni en mi más horrible pesadilla. Eras tú, aquella isla que algún día tuve miedo de alcanzar. Era yo, aquel intruso que algún día tuviste el coraje de recibir. Éramos los dos, tan unidos y separados como lo fuimos desde el principio, pero no como lo fuimos al final.
No fue un sueño ni un delirio, ni tampoco un capricho que los más adorados cielos ni los más temidos infiernos pudieran concebir. Fue la misma realidad tormentosa de esta pasajera vida, de las cosas tan extrañas que pueden pasar al unirse dos pieles tan distintas una de la otra que en pocas ocasiones pudieron haber parecido que no se separarían, que no se rechazarían con ningún bien o mal.
Esa realidad es la que nosotros creamos con nuestros ardientes deseos de formar parte de un espectáculo insensato ante la vista de tus guardianes y mis demonios, de tus cadenas y mis aires de grandeza. Esa realidad que hoy termina en fantasía, que hoy culmina en el más trágico de todos los caminos de la vida: la cotidianidad.
Fuimos tan excelsos en nuestros excesos, como si la mismísima Luna fuera un objeto de pasión para el Sol, y que aún así la oculta con su tenebrosa condición de egoísta la Tierra; como si la vida misma no valiera nada sin esas pasiones que queremos que sean ajenas a nuestros fracasos, pero que aún así las negamos hasta volvernos humanos.
Recorrí todo el camino hacia ti, sin titubear un momento ante la debilidad de carácter, sin abrazar la teoría falsa del cuento de hadas, sin pensar por un instante ante la cruz que estaba en tu playa, signo de tierras conquistadas. No hubo en mi mente ninguna idea que pudiera quitarle el más pequeño espacio a la magnífica idea de estar contigo, ninguna idea que me detuviera después de haber saltado en las olas para estar ahí. Y ser nosotros.
Sí, se detuvo el oleaje. Sí, se calmaron los vientos. Sí, se contuvo la lluvia. Pero fue por mí, por mi insistencia a muerte por pisar tus playas. Porque tú solamente esperabas, tú solamente contemplabas mis esfuerzos en cada brazada, en cada respiro que daba, en cada impulso que me acercaba más a ti.
Tú no te vas, tú te quedas. Tú no te despides, tú aceptas mi adiós. Tú no rompes en llanto, tú observas el mío. Y ¿qué hago yo ante tu falta de movimiento, ante tu falta de voluntad? ¿Qué puedo hacer yo si lo único que puedes hacer es observar?
Eres una isla. Por unos instantes mi isla. Yo sabía que eso no podía ser para siempre. ¡Porque yo no soy como tú! Yo no contemplo. Yo no soy inmóvil. Yo no espero. ¡Yo no me conformo!
Hoy trataré de regresar a donde estaba antes de ti, sin saber si en el camino tus recuerdos se esfumen o se conviertan en un mínimo recuerdo de una hazaña que parecía imposible que terminara así, porque lo imposible jamás es llegar, lo imposible siempre es regresar.
Qué difícil es darse cuenta que una fantasía se hace realidad, y vivirla. Qué difícil es vivir una realidad y darse cuenta que se convierte en fantasía.
Todo el esfuerzo no fue en vano, porque la recompensa no fue estar en ti, no fue creer en ti, ni verme ahí; la recompensa fue estar, creer y verte en mí, aunque fuera unos instantes. Todo y nada se convierten en las únicas opciones válidas para comenzar o terminar, las únicas decisiones que existen para estar o no estar, para ser y no ser.
Es un adios. No el primero ni el último, pero sí el mejor. Porque en tus playas mi destino era cierto, era único. Y eso no me basta para esta vida.
Eras una isla. La mejor y la peor de todas las islas que he conocido, la mejor y la peor de todas las que he amado.
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