Leía. Imaginaba la inmensa adversidad narrada, ansiosamente.
Siempre imaginaba los versos ambiguos de los relatos escritos acoplados a mi realidad, como si mi vida fuera la que se contara, como si cada uno de mis movimientos en el tiempo se escribieran detallamente en un libro. Tantas y tantas historias contadas con miles de millones de palabras, y en cada una de ellas yo era el protagonista, el antagonista, en ocasiones parte de uno y del otro también. Me sumergía intencionalmente en esas historias para huir de la realidad. Sufría cuando deseaba ser el que sufría, reía cuando así lo demandaba, lloraba cuando yo lo quería, moría cuando lo necesitaba, nacía cuando lo decidía. Yo era un dios en ese mundo. Era un alma solitaria, sí, pero un alma que podía crear, otorgar, quitar o modificar a mi antojo.
Una de esas tardes de lectura apareciste tú. Estaba en un parque, sumergido en las letras, sumergido en mis historias, y tu rostro se posó frente a mí. A pesar de que había muchas personas alrededor, por alguna razón levanté la cara y miré directamente a ti. Estabas inmóvil, mirabas al infinito, parecía como si esperaras a alguien y mientras tanto revolvías tus ideas, las reacomodabas y les dabas sentido, pero no era así porque, después de un instante, te perdiste nuevamente entre la multitud y desapareciste. No pude concentrarme en la historia que leía, sólo podía pensar en ti, en tu paso fugaz, repentino, en mi mirada dirigida hacia ti y en tus ojos lejanos. Hermosos ojos lejanos.
Durante mucho tiempo creí que ninguna persona, por más bella que fuera, sería capaz de atraerme por un minuto a la realidad, parecía todo tan vano y vulgar, que prefería sentir y pensar lo menos posible dentro del plano común, palpable e impersonal del mundo en el que vivimos. Pero esa mirada tuya era irremediablemente atrayente, tanto que evocaba parar en un instante el tiempo para contemplarte, para suspender todos los hechos mágicos del momento, las canciones, los enigmas, las pasiones y las tristezas. Parar todo, dejar todo sólo para verte. Sólo para verte. Y así fue. Un instante irrepetible, una epifanía.
Quizás fue un instante el que apareciste, pero un instante como ese es suficiente para que una vida cambie. Y en miles de libros comencé a incluir ese rostro en las historias, y esas historias convertirlas en mías con toda alevosía, a convertirlas en tuyas sin que supieras que así lo eran.
Bailé, reí, canté, soñé, lloré, creí, amé, todo contigo o sin ti y viceversa también. Fuimos tú y yo, éramos nosotros, juntos y separados, separados y desconocidos. Nos vimos como enemigos o amigos, como culpables o inocentes, como cualquier cosa que algún genio escritor pudiera darnos como papel. Tantas veces fuiste una misma historia conmigo que te volviste parte de mi mundo irreal.
No deseaba más. Incluirte en mis libros era mi mayor pasión, el mejor escape de la realidad que nadie podría destruir jamás, porque eran mis sueños y mis cuentos, y ningún ente podía influir ni un poquito en ellos. No había alguien que pudiera quitarme tu persona, tus acciones y tus momentos de ahí. Todo ello era perfecto, y no lo quería cambiar, porque no había ningún motivo interesante por el cual cambiar mi mundo de fantasía, de paseos por el mundo, de aventuras en castillos, de viajes a la luna, por el aire de la realidad, del dolor concreto, del azar desconfiable o de la influencia inmoral de las personas.
Una tarde inesperada, mientras compraba una historia en una librería, tu rostro apareció brillantemente cerca de mí. Escogías un libro. Lo hacías con tanta minuciosidad, que parecía que buscabas una historia diferente a las de siempre, que querías algo cautivante y sorprendente. Me viste. Me sorprendiste viéndote y, al ver las historias que cargaba bajo el brazo, no dudaste en pedirme una recomendación. No supe que historia darte. Me quedé tan estupefacto con el sonido de tu voz, que dijiste gracias al ver mi silencio y diste la vuelta para seguir buscando en otro estante. Tú no me recordabas, ni siquiera estaba seguro de que me hayas visto antes. Pero yo a ti sí. Todas mis historias se borraron de mi mente con tu presencia, todo el infinito imaginario se escapó sin dejar un solo recuerdo de su existencia, y una sensación extraña se apoderó de mí, como si fuera algo nuevo y encantador poder sentir, no soñar. Te sentaste en el área de la cafetería a leer los libros que habías escogido. Un impulso me llevó a ti, me acerqué tímidamente y te di un cuento que me pareció aconsejable para ti. Con las palmas de las manos húmedas por los nervios, te saludé, dije mi nombre y quise saber el tuyo. Habías tenido tantos, supuse que ninguno parecido al tuyo, que el momento en el que lo pronunciaste llegó a identificarte como una persona verdadera, no una ilusión.
Compartimos una taza de café y algunos datos curiosos de nuestras vidas. La emoción de esos momentos fue muchísimo mejor que cualquier fantasía antes idealizada. Quizás no teníamos mucho en común, pero ese aroma que desprendía tu presencia era sólo una de las tantas cosas que envidian los cuentos de ti, una de las miles de cualidades que tu persona tiene y que no pude imaginarme dentro de un cuento ya escrito.
Mejor olvidé nuestros intrigantes cuentos a cambio de una inmensa realidad por descubrir. Vi que mi realidad era mejor, tenía la oportunidad de conocerte y la esperanza de quererte. Sin imaginarlo.
Y la posibilidad de escribir un cuento con cada uno de nuestros movimientos en el tiempo, sin duda era otra historia.